DESAPARECIDA

Muchas gracias a Jordi Ponce por su terrorífica pero fabulosa ilustración.


Quedan reservados todos los derechos de los autores


De pelo azabache, ojos oscuros con largas pestañas, finas cejas y cuerpo de diosa, Lavinia Lohr esperaba en la puerta del despacho cuando llegué. La archimillonaria por matrimonio señora Lohr era la última mujer de esta vida o de la otra que hubiera imaginado ver ante mí alguna vez. Su marido, el magnate del petróleo Samuel Lohr, había formado parte de la llamada aristocracia de la ciudad, había pasado mucho tiempo viajando y cuando regresaba colmaba de oro tanto como de golpes a aquella fantástica criatura, hecho este último aireado por la prensa pese a que el entorno que los envolvía hubiera querido taparlo.

   Lavinia vestía un elegantísimo traje de chaqueta beige, un tocado de igual color y zapatos de tacón alto, pero con un sencillo vestido y sin maquillar hubiera seguido destilando la misma clase y belleza. Mi inmediata reacción fue aliviarme por estar yo también aceptablemente presentable, sin haberme aflojado todavía el nudo de la corbata. Pero al principio, tras hacerla pasar, me mantuve alerta porque, tras los corteses saludos y mi genuina sorpresa ante su presencia, me dijo sin más que se alegraba de conocerme porque le gustaban los hombres que parecían animales.

        Me desconcertó la aparentemente poca sutileza de aquella observación por parte de una mujer así. En general le han dado muchos calificativos a mi físico, que admito ser digamos que de una evolución primaria en la especie humana pero que al parecer gusta bastante a muchas mujeres. La cuestión es que hay animales y animales. Pensé que Lavinia Lohr quizás estuviera algo trastornada por la mala vida que le había dado su marido, pero tras la muerte repentina de aquel hijo de puta hacía unos años, ella ahora presidía el consejo de administración del imperio Lohr con una destreza que había dejado boquiabiertos a todos.

  Lavinia enseguida matizó que le gustaba pensar que hubiera hombres con las cualidades de muchos animales, como la nobleza, la lealtad o la astucia, y que mis rasgos le recordaban a los de los lobos, sus preferidos: mi pelo grisáceo, mi mirada verdosa y mi ambigua expresión y sonrisa me daban un aire de estar sesteando después de un festín y a la vez acechar a la siguiente víctima incauta que se acercara.

     —No son tan fieros como los pintan y sí fieles a los suyos para siempre. Además, los solitarios aún son más astutos y eficaces en su caza —dijo sonriendo y mostrando unos dientes perfectos—. Y es lógico que un lobo se llame “cazador” —acabó.

   Mi réplica fue otra sonrisa torcida y no apartarme ni un milímetro de aquella boca entreabierta de rojos labios. Los lobos se pueden convertir en corderos ante fauces así, y yo lo hice totalmente hechizado. Pero entonces, el hermosísimo rostro se le transformó en una compungida máscara y Lavinia empezó a temblar de tal modo que tuve que sujetarla por los hombros y ayudarla a sentarse en la silla frente a mi mesa.

    —¡Tiene que encontrarla, por favor! ¡Si le ocurre algo…! ¡Dios mío, ¿dónde estará?, ¿por qué tuvimos que discutir?! ¡Por favor, ayúdeme! —exclamó echándose a llorar desconsoladamente.

    Yo pasé del desconcierto al asombro.

   Sí, normalmente no hay que fiarse de las apariencias. Ni de las de los lobos ni de las de los corderos.

 

***

 

     Me llamo Lloyd Hunter y nací en una familia que, por azares del destino (y de la mano que narra esta historia por mí), se dedicó a la profesión de su apellido. Mi padre y mi abuelo fueron cazadores furtivos y luego legales para las empresas madereras que esquilmaron los bosques en los que habíamos vivido siempre. Cuando ya no necesitaron a aquellos paletos montaraces, tuvimos que marcharnos. Los más jóvenes pensamos que conquistaríamos las ciudades y lo que ocurrió en realidad fue que nos atrapó la guerra. Nunca olvidaré a mi madre lamentar que un infierno lejano sedujera a tantos hijos y se los llevara. Nosotros éramos cuatro y yo fui el único de los chicos que regresó. El apellido Hunter de momento no desaparecería, pero estuvo a punto.

  Carentan y Las Ardenas me dejaron la cara un poco más primitiva, una rodilla que ya no funcionaría bien y a muchos amigos destrozados en el fango, además de a mis dos hermanos mayores dentro de cajas metálicas. Y por supuesto la culpa eterna de seguir vivo y haber vuelto entero, una culpa con la que también nos cargaron muchos tras la euforia del triunfo.

    Así que un hijo del bosque con apenas estudios y excombatiente no tiene mucho donde elegir, aunque mis superiores militares quisieron que me quedara en el ejército: mi hoja de servicios estaba llena de menciones por mi innata habilidad de orientación y movimiento en la naturaleza, por muy peligrosa y desconocida que esta fuera, pero también en cualquier lugar donde me pusieran, por no hablar de mi infalible puntería como francotirador. Pero me negué. Había sido suficiente un año poniendo mi grano de arena en la mayor destrucción humana conocida. Volver a casa, al pueblo donde vivían mis padres y mi hermana, estaba descartado, pero decidí que continuaría la tradición de mi sangre y miré hacia las calles, complejo e ilimitado territorio de caza. Las piezas seguirían siendo humanas, pero el matiz de cazarlas es bastante distinto al de hacerlo en una guerra. Además, la retribución por ellas —aunque no tan alta como la de la propia vida— podía ser tan cuantiosa como el cheque lleno de ceros que me tendió Lavinia Lohr sin ni siquiera explicarme el motivo de su visita ni del desconsolado llanto.

   Cuando logré calmarla, fue capaz de contarme todo y terminó con una precisión:

    —La policía dice que habrían de informar a la prensa para pedir la colaboración ciudadana, pero no puedo permitir otro escándalo. Hemos tenido suficientes, ya lo sabrá —me miró fugazmente y yo solo asentí en silencio—. Me han remitido a usted porque lo conocen y su reputación es excelente como detective, en especial por su discreción.

    —No soy detective exactamente, señora Lohr, solo me dedico a buscar a gente. También se lo habrán dicho.

   —Sí, y que ha trabajado con ellos en más de una ocasión con casos difíciles. Pues este lo es.

   —Dice que esa discusión con su hijastra fue muy grave. Puede que siga enfadada y no quiera que la encuentren.

  —¿Tiene usted hijos, señor Hunter? —me preguntó entonces fijándome los ojos tan oscuros. Esbocé media sonrisa.

    —No que yo sepa.

   —Yo tampoco —contestó ella con tristeza detrás de la mirada que sin embargo se iluminó—. Por eso Margot significa mucho más que una hija propia. Se la acepté a mi marido cuando todavía podía aceptarle todo y porque la niña no tenía ninguna culpa de sus excesos ni de que su madre fuera una… cualquiera que acabó como acabó. Entiéndame, no soy una puritana, justamente es lo contrario lo que todos opinan de mí, pero siempre intenté darle a Margot lo que más necesitábamos las dos: un cariño verdadero y unos valores que se alejaran de lo más superficial que pueda usted ver en mí o en nuestro alrededor

     —No tiene que explicarme nada.

   —No, pero quiero que entienda eso sobre todas las cosas. Su padre nos destrozó a ambas, a ella por consentirle todo y a mí por no consentirme nada y anularme. —Calló un instante y sonrió irónicamente—. Es curioso, la prensa más carroñera publicaba la verdad cuando Samuel me maltrataba, pero los titulares siempre serán que fui la ambiciosa advenediza que consiguió lo que quería o la madrastra que malcrió a la indefensa hija huérfana. Si ahora se supiera esto, no descarte que incluso pudieran acusarme de haberla hecho desaparecer, pero solamente yo sé cómo me he desvivido por ella y cuánto la quiero. —Hizo una pausa y me miró con renovada energía—. Conozco sus éxitos, señor Hunter. Dígame que no puede encargarse porque está ocupado con algo más importante y me iré ahora mismo. Pero si acepta, ese cheque habrá sido el primero de todos los que pida. Y si encuentra a Margot, pondrá la cifra final —remató suplicante.

      Suspiré.

   Margot Lohr, la heredera del imperio Lohr, diecinueve años, estrella mundial por una exitosa carrera como actriz infantil y en aquel momento como cantante de blues gracias a una portentosa voz, llevaba desaparecida tres días. Había sido portada en todos los periódicos por su extraordinaria belleza de pelo negro, labios carnosos y piel blanca, sus episodios de rebeldía y sus caprichos. Pero la fama o los genes la habían convertido en una pequeña zorra insufrible. Y la mujer que aguardaba mi respuesta, verdaderamente preocupada por ella, me ofrecía lo que fuera por encontrarla. Extraño. ¿Pero cuántas madres desnaturalizadas hay y cuántas mujeres no tienen hijos por cualquier razón y se vuelcan en los ajenos con más amor y dedicación que los de la sangre?

   Mi último trabajo había sido dar con un traidor a las Tríadas que buscaba también la policía. Avisé a ambas partes cuando lo encontré. En caso de traidores, maltratadores, proxenetas, violadores o psicópatas, procuro que se enteren todos. Las Tríadas en particular eliminan la escoria sin contemplaciones y la policía en general siempre puede ponerse del lado de la ley para aplicar justicia. En caso de jovencitas golfas pero importantes que desaparecen, el asunto varía mucho y más con madrastras que cambian los cuentos.

    —De acuerdo —respondí devolviéndole el cheque—, pero ya me lo dará, aunque le advierto: no sé leer tantos ceros.

     Lavinia me sonrió sinceramente agradecida.

 

 ***

 

   Empecé por el entorno. Si había sido un secuestro, eran muchos los que podrían haberlo orquestado y casi siempre había alguna conexión con los cercanos a la víctima. Pero un secuestro suele tener un fin económico y aún nadie había pedido un rescate.

    Margot había vuelto de una corta gira y después de la discusión con Lavinia se había marchado sin nada más que su bolso. El motivo: quería vivir sola, algo comprensible de no ser quien era y la falta de seguridad que significaría cuando en aquella magnífica mansión lo tenía todo. Pero a Margot la casa se le antojaba ya una prisión con barrotes de oro. Lavinia lo entendía pero quiso hacerle ver que la seguridad era lo más importante. Nunca se había opuesto a que Margot siguiera aquella carrera en el espectáculo, porque era la primera que había alentado el talento de la niña, pero como conocía aquel mundo, le pidió que esperara, que aún era muy joven. Pero la chica la había acusado de querer manipularla, se había hartado y tenía la fortuna de su padre. Ya había visto un sitio y se marchaba.

   Yo había preguntado por un posible novio y Lavinia también lo había considerado, pero no sabía quién podría ser. Había hablado ya con el manager y los músicos, a quienes ella misma había seleccionado y Margot parecía apreciar. Pero ellos tampoco sabían de nadie en particular porque solía haber varios. Lavinia también había lamentado aquel extremo que sí que no había alentado de ningún modo por el riesgo todavía mayor que suponía, y así se lo había advertido a Margot muchas veces. Otro motivo más de discusión.

 Hablé con ellos también pero obtuve la misma respuesta negativa. Aun así pensé que alguno debía de saber más. También registré la habitación de Margot; Lavinia ya lo había hecho con gran sentimiento de culpa por violar la intimidad de su hijastra. Pero yo siempre veo otras cosas y descubrí la marca de escritura al pasar los dedos hojeando una libreta sobre el escritorio. No dije nada a Lavinia y arranqué el papel para guardármelo. Quizás no era importante y no quise darle más razones para preocuparse, pero le prometí que la llamaría pronto. Después contacté con el único poli al que podía llamar amigo.

 

***

 

   Phil Tucker, teniente de Homicidios, sabía cuándo actuar dentro de la ley y cuándo no. No era ni el paternal meapilas abnegado y sabelotodo, ni el tarado sombrío con traumas infantiles, de guerra, o al que le habían matado al compañero o había perdido a la mujer, los hijos o los padres por el trabajo que había elegido. Tucker se había criado en un orfanato, le habían matado ya a tres compañeros, había perdido a más mujeres de las que recordaba y desconocía los hijos que podría tener. Si había un lobo solitario parecido a mí era él. Éramos amigos por una deuda mutua de vida tras un primer y complicado caso de búsqueda de dos niños secuestrados por un pirado, que resultó ser bastante peligroso y nos tiroteó cuando conseguí acorralarlo y avisé a Tucker y los suyos para que lo abatieran de forma oficial. Desde entonces los mandamases policiales me consideraron útil para una asistencia extra. Además, si me sucediera algo, ellos siempre tendrían cubiertas las espaldas.

   —Sabía que aceptarías el caso Lohr. La chica es una golfa de cuidado pero nada en petróleo, y ya me dirás si la madrastra tiene el espejo en el tocador o en el techo, que sé que te van esas depravaciones —me dijo al teléfono, socarrón.

     —Te equivocas. Soy de velas en la cena.

    —Sí, y pétalos de rosa sobre la cama… En fin, que la viuda es espectacular. Así que aprovecha, que material así no se abre de piernas a neandertales como nosotros.

      —Habla por ti, cabrón.

     —Vale, vale. Esa mujer es de categoría fina, pero tienes ojos en la cara.

    —Eh, ¿seguimos hablando de cuándo voy a follármela o me dices algo del caso?

     Una pausa. Tucker bromeaba un minuto y después no mentía jamás.

     —Estamos hasta el cuello de trabajo y queremos comprobar si hay relación con el aumento de desapariciones sin ningún rastro de chicas jóvenes desde hace seis meses.

      —Y yo hago poco ruido.

     —Exactamente. La de Margot Lohr es la primera con fama y los de arriba no se quieren pillar las manos demasiado pronto haciendo pública esa posible conexión. Además, la viuda también quiere discreción. Quizá sea una chiquillada, pero si lo es y no tiene nada que ver con los otros casos, lo resuelves y todos contentos.

     —¿Y después saldrá el imbécil de tu jefe apuntándose el tanto?

     —Me ha garantizado que no.

   —Ya… —Entonces miré las letras que aparecieron después de haber pasado un lápiz por las marcas en el papel de la libreta—. ¿Qué te dice el nombre de The Mine?

      Tucker resopló.

      —Mil cosas.

    —A mí también, pero quiero sondear más a gente cerca de la chica.

      —De acuerdo. Ah, y tres días.

      —¿Tres días qué?

      —Lo que tardas en tirarte a la madrastra.

           

 ***

 

    Encontré pronto el hilo del que tirar. El muchacho que me siguió bastante torpemente se sorprendió cuando le salí por la última esquina que dobló pensando que yo ya lo había hecho.

   El aspecto de John Snowy, de dulzones ojos castaños y media barba, era el de quien quiere parecer informal pero no lo consigue. Era el pianista, o el príncipe que aparecía antes de tiempo porque estaba perdidamente enamorado de Margot y había aguantado con estoicidad digna de mejor causa los devaneos de ella con unos y otros. Eso, cuando uno funciona con la polla, no se consiente de ninguna manera y se les ponen las cosas claras tanto a la una como a los otros. El asunto se estropea para siempre o no, pero te quedas tranquilo. Sin embargo, cuando dispone el corazón, no hay orgullo por muy macho alfa que te creas. Si además te traicionan las lágrimas con el primero que te pregunta, estás vendido. Y Snowy lo estaba. Pero el desamor es un tema feo aunque el chico pareciera inofensivo.

      Fuimos a un sitio tranquilo.

      Sí, sabía que Margot quería irse a vivir sola. No, ella no le había comentado nada, pero para ella él solo era un amigo o ese hermano que aparecerá siempre si hay problemas. Por eso estaba convencido de que le había ocurrido algo. Sí, claro que sabía reconocer a los indeseables. No, no había sucedido nada fuera de lo normal en la gira, aunque la última noche…

    —Estuvimos en un local de un amigo de Don, el manager. El sitio estaba muy bien, bueno, con algún espectáculo subido de tono, chicas ligeras de ropa, ya me entiende… —Noté con asombro que se ruborizaba—. Esa noche bailó una vestida de Cenicienta.

     —¿Qué sitio es?

    —The Apple Tree. Es porque todas las bebidas que sirven llevan manzana. ¿Lo conoce? —me preguntó Snowy ante mi sonrisa.

     —Me suena.

  —Margot había bebido un poco y se empeñó en cantar. La acompañé para controlarla más que nada.

     —¿Y qué ocurrió?

     —Tuve la sensación de que alguien la acechaba, es decir, normalmente toco muy concentrado pero no pierdo la percepción de alrededor. Estoy acostumbrado a que admiren a Margot, inconscientemente siempre tengo un ojo puesto en ella. Supongo que es porque la quiero. —Su emoción me siguió asombrando.

      Si Snowy sabía de la desaparición de Margot, era un farsante de primera. Opté por seguir pensando que aquel cuento estaba del revés desde el principio, pero eso significaba que el final también podría ser distinto, aunque ¿de qué manera?

     —Era un hombre pequeño, amigo del dueño —se recompuso Snowy—. Tenía un rostro extraño y no apartó los ojos de Margot.

     —¿Un rostro extraño?

    —Sí, por ejemplo, usted también tiene un gesto inquietante. No se ofenda.

     —En absoluto.

    —Quiero decir que la expresión de ese hombre repugnaba más que inquietar o dar miedo. Luego nos fuimos y me olvidé. Pero cuando supe que Margot había desaparecido, no pude evitar recordar esa noche y la mala sensación. No sé si le servirá de algo.

      —Quizás. Gracias, chico.

 

 ***

 

    —El Apple Tree es de Bob Bluebeard, ¿verdad?

    Tucker tardó un poco en contestar.

  —Sí, todo legal. Le interesa. Fue muy mal bicho, pero se rehabilitó.

     —¿Tiene más socios?

     —Dame dos minutos.

     A los dos minutos descolgué.

     —Un tal Lee Madhat y Sadman Dwarf.

     —¿Sadman Dwarf?

     —Sí, uno de los hermanos…

   —Sé quiénes son. —Me callé un momento. Los que faltaban, claro. Añadí—: The mine es una urbanización de otro de ellos.

   —Ah, sí, del constructor, vive allí, y el resto… Vaya, sí, todos tienen negocios bastante importantes. Son raros pero están limpios.

      —¿Qué perfil tienen las chicas desaparecidas?

     Tucker movió papeles. Bailarinas, camareras, aspirantes a actriz, todas con menos de veinte años. Y en seis casos de diez habían coincidido trabajando en algún local de socios directos o en edificios de los Dwarf. Tucker también sospechó pero creo que ambos decidimos silenciar que pudiéramos compartir la misma disparatada fantasía.

    —Voy a darme una vuelta por allí —dije sin más y colgué. A buen entendedor…

             

           ***

     Lavinia me recibió inmediatamente.

    Tucker había errado la estimación temporal de mis intenciones más depravadas para con ella: la misma mañana que fui a la mansión Lohr a que Lavinia me hablara de las costumbres de Margot, me sorprendí cuando me abrazó al dejarse vencer de nuevo por la emoción. Me asombró más que se disculpara instantáneamente por aquel comportamiento que juzgó tan inapropiado. Y sí, tengo ojos en la cara, pero ¿cómo no cerrarlos ante una oportunidad así? Ahí decidí averiguar hasta dónde llegarían los cambios en el cuento, mucho más si el espejo en el que se reflejaron sus muslos y mi cabeza entre ellos resultó ser la cristalera entera de la fachada de su apartamento en la ciudad.

     En ese momento me miró con ansiedad.

   —¿Tenéis algún conflicto de intereses con el constructor Wiseman Dwarf o alguno de sus hermanos? —le pregunté.

      Lavinia se quedó pensativa un instante.

     —Los Dwarf... No. Solamente conozco a Dumbman Dwarf pero no lo veo desde hace mucho tiempo.

  Concretamente desde el estreno de la película que había catapultado a la fama a la pequeña Margot: Blancanieves. Casi me habría reído a carcajadas si todo aquello no me hubiera parecido tan serio. Dumbman Dwarf había sido el productor, ahora lo seguía siendo pero de películas de serie B de muy dudoso gusto.

    —Fue Samuel el que trató con él, yo apenas lo vi un par de veces en el rodaje y luego en el estreno. Había algo en él que…, quizás el aspecto tan…

     —¿Desagradable?

     —Sí —me miró avergonzada por sus reparos que quiso matizar—. No por el tamaño que tienen sino por tan huraños como parecen todos.

    —¿Y podría haber seguido manteniendo Samuel algún tipo de relación con él después o Margot ahora?

      —Samuel tal vez, pero Margot no, imposible.

      Asentí y la cogí por los hombros

     —Voy a un sitio donde sabré algo seguro, pero no puedo decirte nada. Quédate cerca del teléfono.

           

 ***

  

   La urbanización estaba en un paraje retirado, al pie de la cadena montañosa al norte de la ciudad, donde había habido una antigua mina de hierro. Era muy exclusiva y estaba recién construida. Quizás Margot hubiera sabido de ella en el Apple Tree, o antes, y hubiese decidido irse allí en el acaloramiento de la discusión con Lavinia, le duraría la rabieta y quería darle un escarmiento. Esa fue la conclusión más cómoda a la que quise llegar. La otra era que Snowy efectivamente me habría engañado y habría llevado a Margot allí para cumplir su papel cambiado en aquella historia y aclararle las cosas por casquivana. Pero entonces, ¿para qué contarme nada?

   Y ahora los siete hermanos Dwarf, que apenas medían metro y medio, compartían un físico bastante repulsivo y un carácter asocial que les había dado fama de raros. No se les conocía familia propia a ninguno y casi nunca aparecían juntos en público. Pensé que quizás tuvieran cuentas pendientes con Samuel Lohr por algún asunto del pasado y se hubieran interesado en Margot, pero ¿para qué?

  La noche era muy clara, con luna casi llena y quietud absoluta. Eso me permitía aguzar mucho los sentidos y, si cerraba los ojos, distinguía perfectamente sonidos y olores. Así, de tres viviendas que parecían habitadas fue la tercera la que me llamó la atención. Era la más alejada pero cercana a la antigua mina. Debía de ser la propiedad de Wiseman Dwarf. Había dejado el coche muy lejos y caminé con sigilo.

  Entonces, tras el edificio, vi un sendero que acababa en la entrada de la mina. Camuflada entre maleza y una pared rocosa, había una puerta cerrada con candado que abrí sin problemas con mis herramientas especiales y entré. Encendí el mechero y vi un pasillo que, por un lado, estaba abandonado y por otro comunicaba con la casa. Entonces oí ruido y avancé sintiendo el confortable peso de la 38 en los riñones. Al final del pasillo se distinguía una débil luz filtrándose por la rendija de una puerta, pero antes de entrar escuché para cerciorarme de que no había nadie al otro lado. Empujé despacio y me encontré en una pequeña habitación donde lo único que había era un contenedor del que salía frío. Identifiqué el ruido con voces y risas alborotadas, pero en un segundo empuñé la 38 cuando me llegó el espeso y metálico olor de la sangre. Entonces me acerqué al contenedor y lo abrí despacio para quedarme horrorizado.

 Sabía cazar y despedazar animales desde niño, había visto cuerpos humanos desmembrados en la guerra y también maté, aunque siempre limpiamente; allí dentro, meticulosamente envueltos en plástico, había al menos los de cinco mujeres: extremidades y troncos abiertos, pero no las cabezas. Cerré notando que me temblaban las rodillas. Si aquello era obra de los Dwarf, las alimañas son muy distintas a los monstruos.

   Me calmé y fui hasta la estrecha escalera en una esquina. El olor a sangre aumentó cuando bajé con la 38 por delante y pensando que Tucker realmente fuese buen entendedor. La escalera acababa en otro oscuro y corto pasillo que, según la orientación, ya se metía en lo que debía de ser la mina y conducía a una única estancia al fondo. Me di cuenta de que me descubrirían si alguien salía de allí porque no había posibilidad de esconderse o retroceder a tiempo para volver a subir. Si había reunión familiar, no creí poder dar explicaciones convincentes de mi presencia allí, y visto el contenedor de arriba, pensé en muchas consecuencias por mi curiosidad, pero nunca lo que me aguardaba cuando, pegado a la pared, avancé hasta un ventanuco junto al quicio de la puerta y eché un rápido vistazo.

   Era el perfil de alguien asomado por un agujero de otra pared. Otro vistazo más detallado me cortó la respiración: no era alguien asomado, sino la cabeza, con una caperuza roja, de una muchacha y, a continuación, otras también de chicas y grotescamente caracterizadas de personajes de más cuentos como Rapunzel. Había una con la traza de un príncipe y la de un lobo auténtico. Pero esa visión quiso retenerme los ojos para no enfrentarme con la que realmente significaba el más dantesco horror imaginable.

     Aquellos monstruos tenían sobre una mesa el cuerpo de Margot Lohr, vestida como Blancanieves, descuartizado y abierto en canal y, entre risas desquiciadas y obscenidades sobre un baño de sangre, lo devoraban con bocados de fieras salvajes.

©Jordi Ponce
©Jordi Ponce

  Ciego de espanto corrí de vuelta hasta la escalera y a punto estuve de disparar a Tucker, que, entrando desde el pasillo exterior, levantó las manos y retrocedió cuando me vio. Yo bajé la 38 y le señalé el contenedor al tiempo que me llevaba un dedo a los labios para que guardara silencio. Tucker también tardó cinco segundos en cerrarlo, desenfundó su arma y me miró espeluznado.

      —Abajo está el infierno —murmuré indicándole que saliéramos fuera porque necesitaba respirar como nunca en mi jodida vida.

 

 ***

 

   Bob Bluebeard había cantado cuando Tucker se había pasado por su local como por casualidad. Con sus antecedentes sobre ataques a jóvenes, por los que ya había pagado con doce años en prisión que no quería repetir, fue rápido en quitarse las sospechas que Tucker dejó caer. Juró y perjuró su completo desconocimiento sobre el paradero de las chicas, solo que simplemente había contestado a Sadman Dwarf cuando se había interesado por un par de ellas. Ignoraba lo que Sadman hubiera hecho con aquella información. Eran socios desde que Sadman se había presentado  con un millón en efectivo para comprarle el local y él lo había convencido para que fuese una inversión y así sacar beneficios ambos. Pero de asuntos personales de su socio nada de nada: lo único que sabía era que le gustaban las jovencitas muy jovencitas, a él y a los hermanos. «Serán enanos pero no son idiotas, teniente», había querido bromear al final sin conseguir borrar el gesto pétreo de Tucker.

    Sí que les gustaban las jovencitas, tanto que se las comían.

 

 ***

 

  —He venido con dos patrullas —dijo Tucker—. ¿Pero qué coño pasa? Lo que hay en ese…

    —Las chicas, y también Margot Lohr —contesté apenas con voz—. Llama a tus hombres. Lo único que podemos hacer con esas bestias es bajar ahí y no dejar de disparar. Te aseguro que más o menos sangre no se notará. Y, ¡joder!, no voy a ser yo solo quien tenga el puto recuerdo de lo que he visto.

    Tucker no se lo pensó tampoco y avisó a los suyos. Les dije que nos siguieran porque solamente había ese camino para llegar hasta los Dwarf. Así que mientras dos agentes se quedaban en el cuarto del contenedor, otros dos bajaban tras nosotros.

    La espeluznante orgía caníbal de los enloquecidos hermanos continuaba y Tucker tuvo suficiente con atisbar la primera cabeza colgante mientras gritaba y yo echaba la puerta abajo de una patada. Después multiplicamos el infierno por diez.

 

 ***

 

  Lavinia nunca supo cómo murió Margot, por lo menos lo más terrible, aunque solo tuvo que imaginar. La prensa sí fue prolija en detalles, pero el departamento de policía consiguió que se omitieran los más tremebundos. Y lo que se publicó fue la terrorífica historia de aquellos extraños hermanos que habían resultado ser unos locos asesinos en serie, obsesionados por los cuentos y películas infantiles, de los que se encontraron centenares de ejemplares y copias bajo el siniestro sótano cuando lo registraron después de la matanza.

  John Snowy quedó devastado cuando se enteró del fatal desenlace de Margot y se marchó de la ciudad al poco tiempo, incapaz de seguir allí un minuto más. Pero fue Lavinia la que sintió tanto aquella pérdida que no tardó ni un mes en abandonar la mansión y las riendas del imperio Lohr. No pudieron acusarla de nada porque, públicamente y ante los abogados de ambas partes, renunció a la herencia que le hubiera correspondido.

   —¿Adónde vas? —le pregunté cuando apareció otra mañana, esta vez en la puerta de mi apartamento.

  —A volver a ser Lavinia Parker —contestó con la mirada escondida tras unas gafas de sol. Llevaba unos pantalones negros de talle alto y una camisa blanca de escote perturbador.

    —Pues ya sabes que si me necesitas, se me da bien encontrar a la gente. —Quise hacerla pasar pero se negó.

     —Lo siento de verdad, Lloyd.

     —¿Por qué? —me sorprendí.

     —Por los peores recuerdos que te haya supuesto.

     —Te aseguro que tú no me has supuesto ningún mal recuerdo.

     —Pero sí los Lohr, por estar malditos.

   —De eso no tienes la culpa y las cargas son menos pesadas cuando se comparten.

   —Nunca podríamos compartirlas. Tú siempre te negarías y yo siempre te las recordaría. —No repliqué y ella me lo agradeció con su fascinante pero muy triste sonrisa y besándome en los labios—. Lo seguirás haciendo todo mucho mejor solo y ha sido más que excitante acariciar a un lobo.

   —Sí, verdaderamente ha sido todo al revés —murmuré cogiéndole la mano y manteniéndosela entre las mías—. Pero ya sabes dónde estoy.

     Ella solo asintió, me besó de nuevo, se soltó y se marchó. Yo volví a mi cubículo. A intentar dormir. Difícil.

 

 

©Mariola Díaz-Cano Arévalo

Julio  2013