LOS LOBOS Y LA ESTRELLA

PRÓXIMAMENTE

Fotografía de (c)Rafael Plaza Aragonés
Fotografía de (c)Rafael Plaza Aragonés

SINOPSIS

 

1944

Unión Soviética

 

Un oficial de la NKVD, viudo, con una hija y un consejo de guerra pendiente.

Un orfanato, dos mujeres con un pasado muy distinto se encargan de unos niños. Un accidentado regreso a Moscú con todos ellos.

Un general con aspecto de lobo.

Una huida hacia Turquía.

Dos capitanes de la antigua marina imperial.

Dos historias de amor en el tiempo.

Una larga travesía por el Moscova, el gran Volga, el mar Caspio y el mar Negro hasta Estambul.

Y perseguidores implacables detrás.


PRIMERAS PÁGINAS

 

EL VIAJE

 

I.

 

—El tren solo llega hasta Lipetsk, señor. Tendrán que ir con los convoyes de tropas si se dirigen a Tambov.

       —Lo sabemos.

      El soldado miró las identificaciones, circunspecto ante los uniformes de los dos hombres frente a él: oficiales del NKVD. Empalideció un poco más con aquel frío aún intenso de mediados de marzo. Se cuadró y los dejó pasar. Los dos hombres subieron al tren.

    Los andenes se habían quedado vacíos después de rebosar de soldados que iban y volvían: heridos, tropas de refresco que iban al sur, al refuerzo y el avance desde Kíev, liberada en noviembre. Otros dos trenes también emprendieron la marcha a la vez desde la estación Pavelestsky de Moscú.

      Los dos hombres se abrieron paso a través de los pertrechos y soldados que abarrotaban los vagones entre murmullos, sonrisas confusas y muchas órdenes. Encontraron un compartimento. Entraron y colocaron los petates y las armas en los portaequipajes sobre los desvencijados asientos. Se sentaron en silencio, uno frente al otro.

       —¿Cuánto podremos tardar?

       —Quizás un día.

     —¿Y desde Lipetsk a Tambov? Bueno, imagino que estas dos semanas son más que suficientes para que soluciones todo.

      —Qué considerado. No te preocupes. No te daré problemas. El que los tiene soy yo.

      —Sí, desde luego tu posible futuro no es nada halagüeño.

     —Gracias por recordármelo, pero lo que me importa es que mi hija lo tenga. Y ahora me gustaría dormir, así que puedes quedarte tranquilo.

        El hombre que había hablado con voz grave, profunda y tildada de triste ironía se recostó en el asiento. Se quitó el gorro de piel y se pasó la mano por el pelo de color castaño que ya notó demasiado largo para el habitual corte militar que solía llevar. Había mantenido aquella breve conversación sin mirar a su interlocutor, un hombre de edad parecida pero más delgado, de pelo rubio y rostro alargado. Al darla por acabada con aquella última frase sí le clavó unos brillantes ojos claros azulados en una mirada cargada de cinismo e intensidad a la vez. Después los desvió hacia la ventana, echó un vistazo y los cerró suspirando y apoyando la cabeza en el maltrecho asiento, entre su grueso abrigo, mientras cruzaba los brazos sobre el pecho.

     El otro hombre también suspiró, sacó un paquete de tabaco como si fuera el más preciado tesoro jamás encontrado y encendió un cigarrillo. Entonces se abrió la puerta del compartimento y pasaron tres ruidosos oficiales que saludaron quitándose las gorras. Enseguida bajaron el volumen y apagaron las sonrisas al distinguir los uniformes.

     —Señores… ¿no les importa, verdad? —dijo el que parecía más veterano señalando los asientos—. Capitán Peterovsky y mis adjuntos, Slinik y Borovitch.

      —Por supuesto que no. Agente Oleg Yúrievich Solynsky.

      —¿Misión de rutina, agente? —dijo Peterovsky frotándose las manos.

     —Sí. Y él es el camarada Nikolái Alexéievich Sukarov —respondió Solynsky ofreciendo cigarrillos amablemente.

   Peterovsky y sus hombres lo saludaron y aceptaron. Había que tener contentos a aquellos uniformes. Después la charla se volvió banal automáticamente.

     Solynsky participó interesado, con aquellas sonrisas aviesas que tan bien sabía lucir, consciente de lo que más le gustaba sentir: la debilidad de los hombres en la guerra y el poder de la intimidación a esa fragilidad.

     Sin embargo, Nikolai Sukarov siguió en silencio aduciendo cansancio y pidiendo disculpas por si volvía a cerrar los ojos. Los soldados bajaron el tono de voz, sabían cómo podía ser ese cansancio, lo disculpaban. Lo hizo no por descansar, sino para aislarse, pensar, recordar y ansiar llegar cuanto antes a su destino. Trajo a la mente el rostro de la razón que le hacía seguir adelante cada día y no importarle ni lo pasado ni lo futuro para él, sino para esa cara que llevaba casi un año sin ver. Después sí se quedó dormido y tuvo un sueño ni bueno ni malo, solo incómodo y real:

      Volvió a las ruinas de Stalingrado, a la visión de sus dedos cortados cayendo al suelo, al rastro con sangre de las manos, a la línea de agotados y sucios soldados escondidos en los sótanos y alcantarillas —la guerra de ratas, la llamaban los fritz—, al mareo absoluto explicando lo que había pasado delante de los superiores, de su mejor amigo. Esas mismas imágenes se mezclaron con las de las explosiones de las bombas en el frente de Kursk, el sonido de los panzers, las órdenes claras y precisas de maniobra de falsa retirada para facilitar e imitar el movimiento de pinza del enemigo, una falsa retirada que se convirtió en real y, por tanto, en cobarde a los ojos de todos, las mentiras que se transformaron en verdades y las verdades que no se creyeron. Después Moscú, el silencio y la compra de tiempo: sus méritos anteriores, su intachable expediente de ciudadano modelo dedicado al Estado y a la patria, los servicios pactados en el NKVD a cambio de su honor, de prisión inmediata y traslado a Siberia o simple desaparición. Consejo de guerra pendiente. Al parecer, seguían necesitándolo. El después aún estaba por verse. El ahora tenía los añorados rasgos de Nadia, su cristalina y serena belleza, su sonrisa luminosa, su ilusión y su dulzura. Si perdía también al único y más hermoso regalo que le quedaba de ella, sabía que acabaría tirándose del siguiente tren hacia cualquier parte.

        Cuando volvió a despertarse se encontró solo. Se levantó y estiró las piernas. Salió al pasillo donde había soldados charlando, fumando o simplemente mirando por las ventanas al vacío de la noche. Distinguió a Solynsky con un grupo de ellos que lo miraban con recelo pero sin dejar a un lado la amabilidad. Oleg también lo vio y con la mano hizo un gesto para que se acercara, pero Nikolai volvió a meterse en el compartimento.

        Al sentarse sacó el arrugado papel que ya había leído cien veces: un breve telegrama enviado desde Tambov.

       Nos marchamos. No sé si Yakov volverá. No puedo llevarme a Dasha. La dejo en el orfanato. Tiene todas sus cosas. Allí la cuidarán mejor que yo. Sé que lo entenderás. Cuídate. Con cariño, Olena.

        En unos días tuvo que arreglar todo. Pedir permiso no, suplicarlo. Al principio se lo negaron. Insistió: era su única hija y tenía que ir a por ella. Volvieron a decirle que no, que podría ir al final de la primavera, que antes tenía una misión en Kronstad. Se atrevió a hacer una petición directa al más alto comité y con la ayuda de su superior. Cuando ya creía que tendría que jugársela del todo, obtuvo respuesta personal del mismísimo mando de Beria: dos semanas, ni un día más. A principios de abril debería estar de vuelta en Moscú, con o sin niña.

       No perdió ni un segundo y aceptó la escolta de Oleg Solynsky con resignación más que con rabia. Que todo fuera por ella, por recuperarla, por tenerla después de sentir durante tanto tiempo que, pese a que no le había faltado nada hasta entonces y que Olena, también a pesar de todo, la había cuidado bien, él la había abandonado por miedo a no poder ocuparse de ella, por imposibilidad de hacerlo cuando podía perder la vida en cualquier momento. Se había arrepentido tantas veces… Pero ahora volverían a Moscú y él intentaría por todos los medios quedarse allí, haciendo lo que fuera para seguir comprando tiempo, para evitar que se la quitaran a ella y poder darle una mínima y digna calidad de vida.

 

(c)Mariola Díaz-Cano Arévalo - Todos los derechos reservados


Escribir comentario

Comentarios: 0